lunes, 13 de enero de 2014

TRANSCANDAMIA: Más miedo que vergüenza

Sin sentirme bien, sin confianza, con kilos de más, sin preparación, es más, casi sin ganas me apunté, por acompañar más que otra cosa a la Transcandamia.

Si no se hubiera apuntado Andrés, yo jamás lo habría hecho, y mira que María llevaba todo el año insistiéndonos en que teníamos que hacerla (ella fue tercera el año pasado), que es preciosa, que es brutal, que está en León capital, pero que tiene unos desniveles increíbles...

Bueno, el caso es que, una vez apuntado Andrés, pensé: "qué más da quedarme mirando cuando den la salida, que correr, y así, de paso, me hago una tiradita larga..." así que para allá fuí.

Eso sí, cada vez que se me venía a la cabeza que estaba apuntada, intentaba rápidamente dejar de pensarlo, relajarme y mirar hacia otro lado.

El sábado salimos a dar una vuelta en bici, y por la tarde, aterrizamos en León justo a la hora de tapear por el barrio de María.

Prontito a la cama y el domingo, tras desayunar unas energéticas y riquíiisimas tortitas de avena, zumbando a por el dorsal (qué recuerdos de hace años cuando finde sí, y finde también nos colgábamos un dorsal...)

La verdad es que ya sólo con el ambiente, se notaba que algo especial tiene esta carrera.
Salí atrás. No paraba de repetirme que sólo había ido allí a entrenar, que la carrera no tenía nada que ver conmigo...


Nada más empezar, cuestas arriba y abajo en un continuo subebaja que no dejaba tiempo al aburrimiento. Cuestas cortas pero que en algunos casos había que poner las manos (e incluso las rodillas) para llegar arriba.





Sin duda una carrera única. En algunos momentos hasta me recordó a las Eternal running...


Sabía que el resultado no iba a ser bueno. Tampoco era el objetivo, aunque, no nos engañemos, una carrera no deja de ser tal porque tú te empeñes en mirarlo de otra forma. La sombra de la competición siempre está ahí.

El caso es que mucho antes de lo que esperaba (recortaron el recorrido unos cuantos km.) empecé a oir los gritos de Andrés y María animándome en una última y brutal subida, en la que se agradecían sobremanera los ánimos del público, que prácticamente te empujaban hacia arriba con sus gritos.


Los pelos de punta.

Cuando llegué (y pude respirar) les dije a María y a Andrés que me había encantado. Ellos respiraron tranquilos. Por lo visto, como tardaba tanto, habían pensado que se me había dado mal la carrera (sobre todo las bajadas) y que estaría maldiciéndolos por convencerme para hacerla. ¡¡Qué va!!

Hacía bastante frío, así que no estuvimos mucho por allí. Nos fuimos prontito para casa de María y después de la ducha nos recompensamos con una buena tanda de vinos, cañas y tapas. ¡¡qué ricos!!

Y con eso, y con unas hamburguesas (ojito, ¡¡de buey y cecina!!) bajo el brazo, nos volvimos para Salamanca para empezar la semana como Dios manda: ¡REVENTAOS!

Un finde como los de antes.... sí señor...

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