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jueves, 29 de enero de 2015

Aunque me siento como en un "déjà vu" continuo, y aunque de vez en cuando me dan bajones gordos, gracias a Dios sigo con el ánimo suficiente para escaparme a la montaña a desfogar un poco.
Pienso que tengo que conformarme con lo que las circunstancias me permitan hacer e intentar no pensar mucho en lo que me gustaría estar haciendo o lo que es peor, en tiempos mejores que cada vez estoy más segura de que no volverán.

Por eso, el pasado fin de semana probé a ponerme los esquís. Subiendo muy bien. Bajando... muy mal, vamos, un clásico, jejeje







Aunque el día parezca bueno, la verdad es que pasé un frío horrible, porque el viento hacía la sensación térmica bajara drásticamente.


Así que hice una vueltita matutina, y a la hora de comer, pues eso, a comer y a recuperar para la noche, que había concierto y birras...

El domingo, y pese a las cervezas del día anterior, aún salí a correr un rato con Perrino, y luego, como colofón, rematé el finde con una buena sesión de vinitos que se alargó hasta media tarde. Tan agusto.


lunes, 13 de enero de 2014

TRANSCANDAMIA: Más miedo que vergüenza

Sin sentirme bien, sin confianza, con kilos de más, sin preparación, es más, casi sin ganas me apunté, por acompañar más que otra cosa a la Transcandamia.

Si no se hubiera apuntado Andrés, yo jamás lo habría hecho, y mira que María llevaba todo el año insistiéndonos en que teníamos que hacerla (ella fue tercera el año pasado), que es preciosa, que es brutal, que está en León capital, pero que tiene unos desniveles increíbles...

Bueno, el caso es que, una vez apuntado Andrés, pensé: "qué más da quedarme mirando cuando den la salida, que correr, y así, de paso, me hago una tiradita larga..." así que para allá fuí.

Eso sí, cada vez que se me venía a la cabeza que estaba apuntada, intentaba rápidamente dejar de pensarlo, relajarme y mirar hacia otro lado.

El sábado salimos a dar una vuelta en bici, y por la tarde, aterrizamos en León justo a la hora de tapear por el barrio de María.

Prontito a la cama y el domingo, tras desayunar unas energéticas y riquíiisimas tortitas de avena, zumbando a por el dorsal (qué recuerdos de hace años cuando finde sí, y finde también nos colgábamos un dorsal...)

La verdad es que ya sólo con el ambiente, se notaba que algo especial tiene esta carrera.
Salí atrás. No paraba de repetirme que sólo había ido allí a entrenar, que la carrera no tenía nada que ver conmigo...


Nada más empezar, cuestas arriba y abajo en un continuo subebaja que no dejaba tiempo al aburrimiento. Cuestas cortas pero que en algunos casos había que poner las manos (e incluso las rodillas) para llegar arriba.





Sin duda una carrera única. En algunos momentos hasta me recordó a las Eternal running...


Sabía que el resultado no iba a ser bueno. Tampoco era el objetivo, aunque, no nos engañemos, una carrera no deja de ser tal porque tú te empeñes en mirarlo de otra forma. La sombra de la competición siempre está ahí.

El caso es que mucho antes de lo que esperaba (recortaron el recorrido unos cuantos km.) empecé a oir los gritos de Andrés y María animándome en una última y brutal subida, en la que se agradecían sobremanera los ánimos del público, que prácticamente te empujaban hacia arriba con sus gritos.


Los pelos de punta.

Cuando llegué (y pude respirar) les dije a María y a Andrés que me había encantado. Ellos respiraron tranquilos. Por lo visto, como tardaba tanto, habían pensado que se me había dado mal la carrera (sobre todo las bajadas) y que estaría maldiciéndolos por convencerme para hacerla. ¡¡Qué va!!

Hacía bastante frío, así que no estuvimos mucho por allí. Nos fuimos prontito para casa de María y después de la ducha nos recompensamos con una buena tanda de vinos, cañas y tapas. ¡¡qué ricos!!

Y con eso, y con unas hamburguesas (ojito, ¡¡de buey y cecina!!) bajo el brazo, nos volvimos para Salamanca para empezar la semana como Dios manda: ¡REVENTAOS!

Un finde como los de antes.... sí señor...